|
Abril 2001
Internacionalmente
se ha aceptado el criterio del ex-Servicio de Conservación de Suelos de los EEUU que ha
definido al sistema de labranzas conservacionistas como todo aquel conjunto de operaciones
de laboreo que, luego de la siembra del cultivo, ha dejado hasta un treinta por ciento del
suelo cubierto por rastrojo.
En general,
tendríamos que hablar de tres grupos de sistemas de labranza que se entienden como
conservacionistas: labranza reducida, labranza mínima y labranza cero (o siembra
directa). Las tres posibilidades se encontrarían comprendidas en la definición de
labranza conservacionista si dejaran aquella proporción del suelo cubierto por residuos
de cosecha.
La primera, la
labranza reducida, es la reducción del número de operaciones de laboreo respecto a la
labranza convencional. De esta manera, es probable que quede una determinada cantidad de
rastrojo sobre la superficie. Por definición labranza mínima es el mínimo laboreo
indispensable para lograr una correcta implantación del cultivo. El caso más extremo de
labranza mínima es la siembra directa o la labranza cero, es decir, sembrar directamente
sin remover el suelo.
Las ventajas
fundamentales de los sistemas de labranza conservacionista se asocian a que deja cierta
cantidad de rastrojo sobre la superficie. Asimismo la magnitud de tales beneficios es
proporcional al grado de cobertura y al espesor de la cubierta de rastrojos.
En primer lugar,
la presencia del rastrojo ejerce una protección directa al suelo de la erosión. Esto es
bastante importante en nuestra zona que tiene suelos en pendiente y, en algunas épocas
del año, recibe precipitaciones de alta intensidad.
Otra ventaja es
que la cobertura con rastrojos sobre la superficie establece una barrera que provoca una
reducción de la tasa a la que el agua se evapora desde el suelo. Cuanto más rastrojo
haya y cuanto menos se haya movido el suelo, mejor conservación del agua tendremos
haciendo que la oportunidad de siembra sea mejor, ya que no habría que esperar que llueva
para sembrar. En general, uno puede sembrar cuando quiere sembrar. Asimismo se conserva
mejor la reserva de agua del suelo para que sea aprovechada por el cultivo, especialmente
en los períodos críticos.
Por otro lado, al
haber menos o ninguna operación de laboreo, hay menos mineralización de materia
orgánica lo que, junto con la reducción del consumo de combustible, hace que se emita
menos dióxido de carbono a la atmósfera contribuyendo a la reducción del efecto
invernadero. El dióxido de carbono es uno de los gases que producen tal efecto y
cualquier práctica que se pueda hacer para reducir su emisión contribuirá a controlar
el calentamiento global de la atmósfera de la Tierra.
Resumiendo, las
ventajas fundamentales de las labranzas conservacionistas son:
- el control de la evaporación del agua
- el control de la erosión
- la reducción de la pérdida de materia orgánica y de la emisión de
dióxido de carbono.
Si sabemos que un
suelo puede estar en riesgo de ser erosionado, la recomendación es emplear algún sistema
de labranza que deje rastrojo en superficie y que reduzca al mínimo posible el movimiento
de suelo.
No obstante, la
labranza conservacionista también tiene algunas desventajas. Por ejemplo, la liberación
del nitrógeno por parte del suelo es menor ya que no hay una ruptura tan intensa de los
agregados, ni una exposición al aire de la materia orgánica tan marcada, con lo que se
ve reducida la tasa de mineralización del nitrógeno reservado en el suelo.
Por otro lado, el
hecho de que los rastrojos no estén completamente incorporados en el suelo, hace que las
tasas de su descomposición sean más bajas y que el efecto de inmovilización del
nitrógeno se mantenga con una relativamente elevada magnitud por más tiempo. El proceso
de inmovilización es aquél provocado por los microorganismos encargados de descomponer
los residuos que, para poder cumplir con su función, toman el nitrógeno del suelo que
debería estar disponible para las plantas.
La consecuencia
del efecto de las labranzas conservacionistas sobre estos dos procesos es que habrá menos
nitrógeno disponible para los cultivos y, en general, habrá que aplicar mayor cantidad
de fertilizante.
La presencia de
rastrojo puede reducir también la efectividad del control de algunas malezas. Esto se
puede evitar o reducir si se hace un control integral de malezas en el sistema y no sólo
en el cultivo. Asimismo, el ambiente generado por los rastrojos en superficie puede ser
favorable para la perduración de algunas plagas, tanto animales como patógenas, que
podrían transformarse en un problema para el cultivo. El caso más típico es el de las
babosas, ya que pueden sobrevivir en el ambiente húmedo que les presenta el rastrojo en
la superficie del suelo, transformándose muchas veces en un inconveniente.
Otro problema
asociado a la presencia de rastrojo en superficie es que, en general ocurre un menor
calentamiento del suelo y, por lo tanto, puede provocar algunos problemas en la
implantación y desarrollo inicial de algunos cultivos. Esto es fácilmente solucionable
apartando los rastrojos de la línea de siembra del cultivo (por ejemplo con
barrerrastrojos), con lo cual se logra un mayor calentamiento de ese sector y no se
pierden las ventajas de tener el suelo cubierto por residuos.
También hay que
tener en cuenta que el uso continuado de la siembra directa puede provocar algunos
problemas de compactación. Al transitar sobre el suelo con las máquinas que se utilicen,
desde la pulverizadora, pasando por la sembradora y la fertilizadora y hasta la cosecha
(cosechadora, carritos, etc.) y el suelo no ser removido o serlo con menos intensidad, se
puede generar una densificación del suelo. No obstante, hay que decir que este fenómeno
todavía no se ha producido con intensidad preocupante en nuestros suelos. Entonces, si
bien es una desventaja de la siembra directa que se menciona en la literatura nacional e
internacional, aún no es común verlo en nuestros suelos. De todas maneras, este efecto
se reduce tratando de transitar en las condiciones más adecuadas para provocar la menor
compactación posible, o sea, con máquinas no demasiado pesadas y, en lo posible, cuando
el suelo no esté excesivamente húmedo.
Las labranzas
conservacionistas tienen ventajas que hacen directamente a la integridad del recurso
suelo, como son la protección contra la erosión y la preservación y mejoramiento de su
materia orgánica. Esto hace que las labranzas conservacionistas deban ser tenidas en
cuenta siempre. La prioridad debe ser proteger el suelo y con las labranzas
conservacionistas esto se logra sin demasiados esfuerzos. Además, su utilización mejora
la economía del agua en el sistema, lo que hace que su utilización sea altamente
recomendable, especialmente para cultivos cuyo ciclo coincida con posibles períodos de
déficit hídrico. Las técnicas o métodos para reducir los efectos de las desventajas de
las labranzas conservacionistas están disponibles y no sería problema evitarlos o
reducir su incidencia.
No obstante, no
debe olvidarse que las decisiones de manejo dependen, en primer lugar, del ambiente en que
se va a trabajar y del riesgo que se pueda correr de afectar al suelo y al ambiente. Si
los ambientes son estables y con menor susceptibilidad a la degradación, la flexibilidad
en cuanto a las prácticas de manejo a aplicar, será mayor. Caso contrario, habrá que
utilizar sólo aquellas prácticas que por sí mismas garanticen la preservación del
recurso, tal como la labranzas conservacionistas.
____________
* Facultad de Ciencias Agrarias, Universidad Nacional de Mar del Plata -
UIB Balcarce
|