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Julio/1999
Conservar
el suelo: una responsabilidad que nos involucra a todos
El
suelo es uno de los recursos naturales más importantes de los que el hombre se vale para
la obtención de alimentos, protección y otras materias primas. El uso inadecuado del
suelo puede conducir a la pérdida de sus propiedades. Nuestro deber de hoy es obtener la
mayor producción posible conservando el suelo para asegurar la disponibilidad de
alimentos a las generaciones que nos sucedan.
El
día 7 de Julio se celebra en todo el país el "Día de la Conservación del
Suelo", establecido en 1963 por decreto de la Presidencia de la Nación en memoria
del Dr. Hugh Hammond Bennet. El Dr. Bennet fue un investigador estadounidense que trabajó
constantemente en busca de la preservación de la integridad del recurso natural suelo,
cuya importancia es vital para la producción agropecuaria.
El suelo es un sistema dinámico y complejo cuya función no
es sólo la de servir como soporte mecánico para el crecimiento de las plantas, sino que
también es el medio a través del cual éstas toman el agua y los nutrientes que
necesitan para su desarrollo. Por otro lado, el productor se "comunica" con el
cultivo para lograr las respuestas que desea, mediante las prácticas de manejo del suelo
que lleva a cabo (laboreo, riego, fertilización, etc.). Cuando un suelo se encuentra en
condiciones adecuadas para cumplir con su función para la producción, se dice que es de
buena calidad.
El uso irracional del suelo genera una alteración de sus
propiedades que puede hacer que pierda parcial o totalmente su capacidad de cumplir con su
función. Este fenómeno de disminución o pérdida de calidad del suelo se denomina
degradación.
La
erosión es el más grave de los procesos de degradación y se define como la pérdida de
las capas más fértiles del suelo y, por ende, de gran parte de sus condiciones para
producir. La misma puede ser producida por el agua (hídrica) o el viento (eólica). Por
la acción de tales agentes climáticos, las capas superficiales son arrancadas de su
emplazamiento original y transportadas hasta lugares a veces muy distantes. El suelo
removido no podrá ser retornado, y tardará muchos años en volver a formarse. El
resultado final de este proceso son tierras improductivas cuya condición es, en la gran
parte de los casos, poco menos que irreversible.
De
las 280.000.000 ha que abarca la Argentina, 112.000.000 ha (40%) están afectadas en
algún grado por procesos de degradación, principalmente por erosión. Tierras de alto
valor para la producción agrícola, se encuentran hoy dañadas por los efectos de este
proceso. Se estima que, para las zonas húmedas de nuestro país, la degradación por
estas causas se incrementó a razón de 250.000 ha/año en los últimos 30 años. En lo
que respecta a la zonas áridas o semiáridas, más de 21.000.000 ha se hallan afectadas
por erosión eólica, con incrementos de 60.000 ha/año en ese mismo período.
El suelo es el principal capital con que cuenta el productor
y por extensión, la comunidad toda, especialmente aquéllas que basan su economía en la
producción agropecuaria. La responsabilidad de mantenerlo productivo no recae solamente
sobre quienes estén directamente vinculados a su uso, sino también sobre aquellos otros
miembros de la sociedad que de una u otra manera intervienen o influyen sobre el proceso
productivo u obtiene beneficios a partir del mismo.
El problema de la erosión existe y no puede ser negado; las
alternativas no son muchas: o se deja que nuestros suelos vayan perdiendo gradualmente su
capacidad de producir, o se decide conservarlos para asegurar la subsistencia de las
generaciones futuras. Por eso es de verdadera importancia crear la inquietud para que en
forma conjunta productores, contratistas, profesionales, estudiantes, docentes,
empresarios y toda la comunidad en general tome conciencia de los riesgos que implica la
pérdida de un recurso natural de tan vital importancia como lo es el suelo.
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