Evolución del manejo
Los primeros sistemas de conducción del cultivo
consistían en cercas de varios alambres similares a la espaldera. Las plantas
se podaban solamente para permitir el paso entre las hileras y recibían la
misma fertilización que los citrus. Bajo este sistema, se volvían tan densas y
enmarañadas, que cada tanto, era necesario cortarlas al ras del tronco y volver
a darles forma en la cerca. El sistema de manejo para la variedad Hayward, de
ramas reemplazantes y poda más abierta, fue descubierto hacia los ’50. Se
desarrolló un sistema en pérgola, o cerca de un sólo alambre. Posteriormente,
buscando mayor control de las plantas, comenzó la práctica del T-bar
(terminación en T sobre los postes) para dar mayor estabilidad a las plantas.
Estas estructuras llevan un alambre en el centro y otro en cada extremo de la
cruceta (uniendo las T), y sobre ellos crece la planta.
Requerimientos generales
El
Kiwi requiere primaveras y principios de otoño libres de heladas, una adecuada, pero no
excesiva humedad del suelo durante todo el año y relativamente alta humedad ambiental.
Los mejores terrenos para su implantación son profundos, de textura media, buena
permeabilidad y alto contenido de materia orgánica, pH neutro a ligeramente ácido con
bajos contenidos de carbonatos.
Aunque es sensible al frío mientras tiene hojas, requiere
acumular una cierta cantidad de bajas
temperaturas durante el período de reposo invernal para una completa fructificación en
la próxima temporada. Warrington y Weston (1990), explican que el principal efecto del
frío invernal es mejorar la floración en forma cuantitativa a través de la disminución
de la cantidad de estructuras florales tendientes a abortar.
La
cuantificación agroclimática de la exigencia de frío en las especies frutales
criófilas se realiza a través del cómputo de "horas de frío" o cantidad de
horas con temperaturas inferiores a 7° acumuladas durante el descanso fenológico, que se
extiende desde caída de hojas hasta hinchazón de yemas. Himelrick y Powell (1998)
afirman que el kiwi necesita un mínimo de 600 hs de frío durante el período invernal
para brotar adecuadamente y para alcanzar la máxima floración deben acumularse 850 a
1.100 hs de frío.
Durante
el ciclo de cultivo, el kiwi requiere de un período libre de heladas de 225 a 250 días
desde brotación.
Los
sólidos solubles del fruto evolucionan siguiendo una curva sigmoidea a lo largo del
proceso de maduración, resultado de la hidrólisis del almidón acumulado en sus tejidos.
La tasa de incremento en sólidos solubles está negativamente correlacionada con la
temperatura media del aire, particularmente cuando la temperatura decrece en el tiempo.
Rendimiento vs calidad
El
consumidor y el mercado requieren un producto de calidad, tamaño y homogeneidad que
simplifique las diferentes etapas de la comercialización. El objetivo del productor es
lograr frutos de tamaño comercial (mayores a 90 gramos). La producción alcanza el
máximo rinde a los cinco - ocho años en condiciones óptimas. En la madurez la
productividad se prolonga por muchos años, habiéndose registrado casos de plantaciones
de cincuenta años que aún continúan en producción.
La cantidad y la calidad de la
fruta dependen de la carga de yemas dejadas con la poda de invierno, del porcentaje de
brotación, la fertilidad de las yemas y del peso medio de los frutos. A igualdad de
condiciones del medio ambiente, el aumento de la carga de frutos determina, en general,
una disminución en el peso medio de éstos. Dejar una excesiva cantidad de fruta no sólo
tendrá efectos negativos sobre el peso, sino que puede crear un efecto de alternancia
bianual en la producción, condición muy desfavorable porque el cultivo produce fruta de
baja calidad (tamaño) no sólo en el año de alta carga sino también en el de baja
carga.
El fenómeno es conocido en varios frutales e implica la influencia del nivel de la
carga del cultivo de un año en el siguiente. El ciclo comienza ya sea con una
sobreproducción, o bien cuando algún evento climático determina una drástica
disminución de la producción, caracterizando así una serie de fases que alternan entre
alta y baja producción. Este efecto podría deberse a los bajos niveles nutricionales de
las yemas axilares por causa del agotamiento de las reservas, debido a las demandas
previas del período de alto rendimiento, ya que el desarrollo inicial de las flores en
primavera es críticamente dependiente del nivel de estas reservas.
Por lo tanto, una
producción comercial racional se encontrará en un punto intermedio de carga que permita
balancear en forma rentable, el rendimiento en kilos de fruta con un máximo de calidad
comercial que sea sustentable en el tiempo.
Factores que afectan el tamaño del
fruto
En
una planta de kiwi se producen frutos de un amplio rango de tamaño principalmente por
variaciones cuantitativas en la polinización, pero superados estos efectos por las
mejoras técnicas, se detectan otros factores que afectan el tamaño del fruto como la
nutrición, riego, manejo del canopeo a través de la poda y la regulación de la carga de
frutos.
Riego y fertilización
Prendergast et al. (1987) comprobaron que la densidad radical declina en
profundidad y distancia radial, explorando un volumen de terreno con forma de
"bowl". Ellos observaron que las raíces se extienden hasta 2 m desde el tronco
y 1 m de profundidad, encontrándose limitadas por presencia de un horizonte Bt. Esta
característica hace que en verano requiera riegos frecuentes cada 1 ó 2 días con
sistemas de aspersión que permitan distribuir el agua en el volumen de suelo explorado
por la planta (riego localizado por microaspersión).
Prendergast et al. (1987) sostienen que el fruto crece a tasa máxima en plantas bien regadas y
detiene su crecimiento cuando el agua comienza a ser limitante. La respuesta del kiwi al
riego es absolutamente positiva y está determinada por su ambiente de origen,
caracterizado por un clima muy húmedo.
Durante
la estación de crecimiento se verifican dos picos en los requerimientos nutricionales, el
primero se corresponde con la brotación y crecimiento vegetativo y el segundo con el
desarrollo del fruto. Si ocurren carencias nutricionales durante estos momentos, la
producción se verá fuertemente comprometida y dependiendo de la severidad y la duración
del proceso, también lo estará la producción de cargadores para la estación siguiente.
Para
la mayor parte de los elementos nutritivos se observó que más del 65% de la acumulación
se produce en hojas y raíz durante las 10 primeras semanas después de la brotación.
Desde allí son redistribuidos y esta traslocación representa para el nitrógeno el 60%
del total a las 4 semanas de brotación. El potasio, fósforo y magnesio también son
movilizados para aportar cerca del 40% del crecimiento foliar durante los primeros 30
días. Una particularidad es el alto requerimiento de cloro y potasio, que representan de
2 a 6 gramos de cloro y 25 gramos de potasio por kilogramo de peso seco de hojas seis
semanas después de la brotación, así como las altas concentraciones de nitrógeno
foliar que alcanzan valores de 42 gramos por kg de peso seco de hoja a las seis semanas de
la brotación. Estos valores están relacionados con producciones elevadas en Nueva
Zelanda.
En
cuanto a los efectos directos de la nutrición sobre la calidad del fruto, existen pocas
evidencias que demuestren que el nitrógeno o calcio sean responsables de alteraciones de
la calidad del fruto en poscosecha en mayor grado que los demás elementos presentes,
aunque hay indicios que sugieren que bajas concentraciones de calcio en fruto están
relacionadas con depresiones en la superficie y necrosis en torno a los haces vasculares.
Polinización
Es necesario que el mayor número posible de óvulos sea fecundado, de modo de
asegurar la producción de un gran número de semillas, de la cual depende el grado de
desarrollo del fruto. Las semillas producen hormonas de crecimiento y el tamaño del fruto
es proporcional a su cantidad (un ovario contiene normalmente entre 1000 y 1500 semillas).
Varios trabajos dan evidencia de que existe una fuerte correlación positiva entre el
tamaño del fruto y el número de semillas.
Considerando el período de receptividad de
los estigmas, la fecundación debe completarse en unos 5 días. En este breve período las
condiciones ambientales juegan un rol determinante en la eficacia del proceso. La lluvia,
el viento y las bajas temperaturas reducen la emisión y germinabilidad del polen, así
como la actividad de los insectos polinizadores. Malas prácticas agronómicas que
conducen a la subnutrición y a un sombreo excesivo dan como resultado polen anómalo y
crecimiento defectuoso de tubos polínicos. Aunque las flores no poseen néctar y su polen
es difícil de alcanzar por los insectos, pruebas experimentales demostraron que la
ausencia de insectos determina menor desarrollo y reducción del peso final de fruto.
Según
Warrington y Weston (1990), la polinización por abejas se ve favorecida por la
disposición de 8 a 10 colmenas por hectárea. En general, se plantan siete plantas
hembras por cada planta macho. Es necesario evitar la presencia de otras plantas o malezas
con flores durante el período de floración del kiwi en especial tréboles, que son más
apetecidos para las abejas.
Recientemente
se han desarrollado métodos artificiales de polinización para los que se emplean
distintos aparatos que dispersan el polen sobre las flores, en forma de polvo, rebajado en
un material inerte, como talco o suspensiones en medios líquidos.
Poda de producción
La poda es una necesidad determinada por el comportamiento vegetativo y
reproductivo de esta especie. La ausencia de poda da como resultado la formación de una
masa vegetativa excesiva de baja eficiencia productiva y que conduce a una baja calidad de
la producción. Un manejo exitoso depende de lograr una copa abierta, que permita el libre
acceso a las abejas, la correcta iluminación de la planta, el movimiento de aire y la
penetración de las pulverizaciones, asegurándose una correcta maduración de frutos y de
los cargadores para la próxima estación, que se ubicarán en los lugares deseados, es
decir, cercanos al líder.
A
fin de proveer a la planta de una estructura racional de ramas productivas, que permita
una buena distribución de cargadores, un eficiente uso del espacio y una buena
exposición a la luz, se realizan intervenciones en dos momentos del año a través de la
poda de invierno y la de verano.
Poda de invierno
Esta poda se realiza durante el período de reposo invernal con el objetivo de
dejar cargadores de 1 año en número suficiente, bien distribuidos y espaciados, así
como definir una carga de yemas por hectárea tal que favorezca la producción de calibres
comerciales.
En
el kiwi, como en otros frutales, existen muchos factores relacionados con la masa de
follaje que afectan la producción (expresada en término de peso de fruta de tamaño
comercial) tales como el porcentaje de brotación, variaciones en la fertilidad de las
yemas, horas de frío invernales, exposición de la rama a la luz durante el período de
inducción y cantidad de yemas dejadas con la poda.
El
comportamiento de alternancia de producción del kiwi no es tan manifiesto como en otros
frutales, si bien Burge et al (1987) sugieren que es lo suficientemente importante
como para modificar el nivel de poda a fin de minimizar estas fluctuaciones.
Varios
autores consideran que en el intervalo de 150.000 a 200.000 yemas por hectárea se
alcanzan los mejores niveles de producción sin que ello afecte la concentración de
sólidos solubles ni la vida poscosecha del fruto.
Otros
trabajos demuestran que el aumento en la carga de yemas por encima de las 200.000 por
hectárea producen una disminución en el peso medio de los frutos y una leve reducción,
aunque progresiva, en la fertilidad de las yemas y en el porcentaje de brotación. Además
destacan el riesgo que se corre de empeorar la calidad de la fruta y la menor emisión de
cargadores de renuevo, a causa del excesivo sombreo.
Poda de verano
E
l objetivo de esta intervención es tener bajo control el crecimiento exuberante
de los brotes para proveer una adecuada penetración de luz, condición indispensable para
obtener frutos de calidad, capaces de ser conservados por períodos prolongados e inducir
una buena maduración de los brotes de renuevo, equilibrando a su vez la actividad
reproductiva y vegetativa. A través de esta poda se eliminan aquellos laterales que no
portan frutos ni son útiles como brotes de renuevo así como aquellos brotes demasiado
vigorosos denominados chupones. Las intervenciones intensas condicionan en forma negativa
la actividad productiva y vegetativa, en especial si se efectúan en forma precoz.
Resultados aportados por Youssef et al (1988) sugieren que la poda se debe realizar
con mesura en forma de despuntes de los brotes vegetativos y reproductivos,
preferentemente 30 días después del cuajado de frutos. Zuccherelli (1994) sostiene que
comúnmente con una única intervención de poda no es suficiente para regular el
crecimiento, aconsejando realizar dos o más intervenciones.
Raleo
Tanto el raleo de flores y de frutos, como el manejo de la cantidad de yemas por
unidad de superficie, son prácticas poco usadas en el país, aunque son herramientas de
reconocida importancia. Burge et al. (1987) y Costa et al. (1995 y 1997)
coinciden en sus resultados en que al aumentar la carga de yemas por unidad de superficie
y por lo tanto de frutos, se verifica un aumento en el porcentaje de frutos de bajo peso.
Sin embargo, sería difícil pretender regular la carga de frutos solamente a través de
la poda y se hace imprescindible incluir el raleo de frutos como práctica para mejorar la
calidad. Normalmente los pedúnculos florales sostienen una única flor, pero dependiendo
de las horas de frío que se acumulen durante el invierno, aparecen desde la base del
lateral pedúnculos que además de la flor terminal poseen dos flores laterales más
pequeñas. Estas, según indica Zuccherelli (1994), se abren en forma tardía por lo que
usualmente producen frutos de tamaño menor y por otro lado compiten con el fruto
principal por azúcares. Vulgarmente a estas flores laterales se las llama princesas y a
la central, se la denomina reina.
El raleo permite concentrar la producción en los
calibres mayores, es decir entre 30 y 20, con la correspondiente disminución en la
proporción de fruta de bajo calibre sin efectos en la acumulación de sólidos solubles,
aunque comprobándose un aumento de la firmeza de los frutos a cosecha al aumentar el
nivel de raleo. El raleo puede ser efectuado tanto en floración como en fructificación
según explican Spada y Fontana (1998), donde para el primer caso se basa en eliminar los
botones laterales y aquellos que se logren identificar como abanicos. Sin embargo, los
frutos mal polinizados no son identificables hasta un mes después de floración, por lo
tanto aunque se realice raleo de flores será necesario intervenir nuevamente al cuajar
los frutos.
Cuando
se decide ralear, se requiere saber qué fruta no llegará al tamaño deseado para
eliminarla en esta operación. La curva de crecimiento del fruto tiene un comportamiento
estable en plantas bien manejadas. Esta consistencia permite predecir el peso final del
fruto en forma temprana y no solamente permite identificar la fruta de bajo calibre, sino
que permite conocer que peso alcanzará el fruto a cosecha, a través de una fórmula
desarrollada por Hort Research, en Nueva Zelanda, como estimador del peso final del fruto,
al multiplicar el peso estimado por un factor de corrección. Más importante
aún, es que
permite monitorear la evolución del peso del fruto sin destruir la muestra. Así el fruto
permanece en la planta y continúa su crecimiento normalmente.
En Nueva Zelanda ésta es
una herramienta de vital importancia, dado que los calibres menores se cotizan a un precio
menor y los productores tienen cupos de producción, con castigos tanto para
superproducción como baja producción, por eso es clave conocer el peso a cosecha en
forma temprana.
Se
ha comprobado que es más eficaz la intervención cuanto más precozmente se realice,
debido a que se aprovecha el rápido incremento inicial de volumen para obtener un mayor
tamaño final de fruto.
Comparaciones entre momentos de raleo muestran que aquellos
realizados en forma temprana permiten obtener un mayor peso del fruto y rendimiento por
planta.
Burge et al. (1987) observaron, además, que en las plantas raleadas la
intensidad de floración al año siguiente es mayor, producto de un mayor número de yemas
florales por brote fructífero y mayor número de flores por yema.
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